Quiero dedicarme a escribir, pero a veces ni me molesto por leer. Estoy en uno de esos momentos en los que la vagancia es superior a mis ganas de ser el mejor. Ella siempre detrás e impide que por las noches pueda descansar, ella por delante y por el día me distraigo pensando en su cuerpo, sus ojos, su sonrisa. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Aún recuerdo como aquel día, la maldita muerte se la llevó. Como la vida es tan corta. Una mañana te levantas junto a mí, compartimos besos y abrazos, y al volver a casa ya está todo vacío y lleno de bellos recuerdos que en este momento saben a dolor y rabia. ¿Cómo no haberte amado? Un todo y a la vez nada. Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Mi dolor lo calmaba la poesía, siempre alegrándome al entenderme. Pero en estos momentos en los que me ronda la cabeza su recuerdo, me pregunto el por qué. Siento que mi subconsciente me dice algo. Tal vez sea que me da miedo el compromiso con alguien por miedo a perderla, o tal vez que aquellos que lloraban el día de su muerte ahora ríen y disfrutan de la vida, que siempre dijeron que no me dejarían solo, y aquí estoy. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Esta noche la nostalgia se apodera de mi, porque todo hubiera sido diferente. Las otras mujeres con las que he estado, y nada he sentido por ellas, porque todo lo que he hecho ha sido por ella. Tal vez me lo demostró en su último día, levantándose conmigo, compartiendo besos y abrazos, y por supuesto despedirnos por si acaso. Y esta noche escribo esto, tal vez nadie lo lea, pero esto va dirigido a ti. Amada que tantas veces huíste por miedo a encontrarte. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.
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